jueves, 22 de julio de 2010

Consejos para hacer un póster

El fin de un póster es presentar una comunicación breve de un caso clínico excepcional, una pequeña serie de casos o una nueva técnica. La realidad es otra: es donde van los trabajos que el comité científico no acepta como comunicaciones orales y la forma más rápida de justificar la presencia en un congreso sin trabajar mucho. 
Actualmente la mayoría de congresos nacionales e internacionales han eliminado el concepto de cartel científico por el de e-poster, que no es más que una presentación de 8-10 diapositivas, que suelen quedar en el disco duro del olvido de las reuniones científicas. 
Atrás quedan el ir en el avión con ese inmenso tubo porta-rollos y el tiempo perdido debajo del cartel para esperar preguntas que nunca llegan. Sin embargo, en congresos más pequeños y domésticos se mantiene la presentación clásica en DIN-A0 en papel, lo que permite darse un paseo contemplando el trabajo gráfico de los demás cuando el programa científico de las presentaciones y ponencias es un rollo. 
Hacer un poster no es nada fácil (mucho más complejo que los e-poster). Se trata de hacer de científico, ilustrador, fotógrafo y diseñador gráfico. Toda una odisea para los especialistas del hueso que (según nuestros buenos amigos los internistas) sólo tenemos una neurona (pero larga). 
Nos os preocupéis. En esta nueva sección os daremos consejos para realizar un póster y presentarlo como merece. 

Consejos para la colocación. Habitualmente la organización tiene marcado el sitio donde va nuestro póster. En otros os dirán "póngalo donde tenga sitio..."; todo depende de lo grande del congreso y de las luces de los que lo organizan.
Igualmente nos habrán recordado infinitas veces en las bases el tema del tamaño ("DIN-A0, no se admitirán otras medidas...") y nosotros, de forma excepcional, lo hemos cumplido. 
Pero, mira por donde cuando lo vamos a colgar nos damos cuenta que hemos cometido un gran error: la orientación. 


¿Y ahora qué?. Algunos lo arreglan de aquella manera. No se trata de hacer tantos kilómetros para volverte a casa sin haber colgado el poster y encima que se entere tu jefe... Lo cuelgas boca abajo y que la gente se tronche el pescuezo a modo de obra interactiva o lo pones apaisado invadiendo el espacio de el de lado (con la pasta que cuesta la inscipción, podían haber dejado más espacio). Lo malo es que vas a chocar con el lugar del otro. Bueno, qué vamos a hacer. Tú llegaste antes. 

jueves, 1 de julio de 2010

Segundas opiniones nunca fueron buenas


Hace unos días me avisaron que me iban a citar a un paciente recomendado para una segunda (o enésima) opinión. Este tipo de consultas nunca me han gustado. Es lo más parecido a caminar sobre un campo de minas con botas de suela de clavos.
Y ahí estaba esta mañana, a primera hora (ésta y la última suelen ser las elegidas por estos especímenes) junto a un familar (feroz acompañante a modo de escolta personal, que es el principal enemigo).
Su perfil no variaba mucho del fenotipo habitual:  carpeta de cartón azul con gomas llena de fotocopias de informes, bolsa del “corte-inglés” con diversos recortes de radiografías y resonancias varias y las constantes interrupciones del familiar que no para de recordarte para que han venido y lo bien que le han hablado de ti (sí, por eso eres el segundo plato…).
Sin embargo, el paciente en cuestión pertenecía a la peor casta de recomendados, esos que ya vienen operados y que, independientemente de tu opinión, van a seguir tratándose por su cirujano. Lo que se dice una “consulta paripé-pasapalabra”.
Mientras se dirige hacia ti dirigiendo la conversación (como si os conociérais de toda la vida u os hubieseis despertado alguna vez en la misma cama juntos), te cuenta orgulloso como se pegó la torta por la cual le han tenido que operar la muñeca sobre la que le han tenido que poner una carísima placa de titanio procedente de Alemania, que es de las buenas, de las que aquí no se encuentran como así…
Es entonces cuando le ves la cicatriz y la placa de control. No puedes hacer mucho más (el acto está consumado): ver el resultado y dar tu opinión. Como un jurado.
Y entonces, te sientes como el Risto Mejide frente a la niña pija que canta como un grajo pero que toda la academia le ríe las gracias y el público salva cada semana… Y piensas: “joder cómo le han dejado. La placa torcida, los tornillos cada uno de un tamaño y dirección distinta (que parecen un peine mellado) y dos de ellos atravesando la articulación como una estaca. Y la herida, ni te cuento. Si parece que le ha cosido un epiléptico. Y el tamaño, grande, muy grande… Vamos, que por ahí podían haber metido la placa, la caja de tornillos, la instrumentista y el alemán de la casa comercial…”.
Es cuando te entra la vena “estebanera” y te apetecería coger la radiografía en alto y exclamar (como el fontanero que vino la semana pasada por casa) eso tan español de “hombre de Dios, pero bueno…!, ¿quién le ha hecho esto?. Para mí que no es un profesional. Pues le va a salir por un ojo de la cara…”.
Pero no. Te contienes. Miras al familiar (es más seguro y se va a enterar más) y le dices con voz firme pero acogedora: “la verdad es que han tenido un resultado perfecto. Le ha tratado un excelente profesional. Yo no lo hubiera hecho mejor…”. Tu cara se rellena de una falsa sonrisita cómplice y el paciente parece que se emociona, orgulloso del resultado. El familiar se queda igual;  por lo general no muy convencida, preguntándose “¿y para esto hemos venido…?”
Se dan la vuelta y se van satisfechos por la puerta. Tu también. ¿Corporativismo?, no. Por un lado, nunca se sabe dónde en qué consulta acabarán tus errores. Por otro, ya tendrá su penitencia ese yatrogénico especialista cuando tenga que retirar el material o explicar el porqué de la artrodesis. Es sólo una cuestión de supervivencia.

miércoles, 23 de junio de 2010

Abrir los yesos


"No entiendo por qué se ha enfadado mi adjunto. Me dijo que le abriera el yeso a la fractura de muñeca y eso fue lo que hice..."

Como dijo Einstein, "sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana...."

martes, 22 de junio de 2010

Aforismos y reflexiones

Al igual que en otros ámbitos de la vida, la medicina y la salud pública se encuentran repletos de aforismos y sentencias procedentes de personajes que gozaron de más o menos celebridad que, aunque no pertenecieron a la comunidad médica, muy probablemente la padecieron. Por su objetividad y mirada crítica pueden ser usadas en la actualidad para valorar los avances y el estado actual de esta histórica profesión nuestra.
En una medicina repleta de avances tecnológicos no debemos olvidar las ciencias básicas, como por ejemplo la anatomía, que es esencial para cualquier médico y es la base de la cirugía. Así lo expresaba Jean Fernel cuando decía que "la anatomía es para la fisiología lo que la geografía para la historia: describe el escenario de la acción". En el Theatrum Anatomicum de Paris se puede leer una inscripción que dice “Hic locus est, ubi mors gaudet succurrere vitae” (Aquí los muertos gozan ayudando a los vivos). Oliver Wendell en una de sus clases al hablar de la tuberosidad isquiática decía “esto, caballeros es la tuberositas ossi ischii, pensada para que el hombre se siente mientras contempla la creación”.
Las artes de sanar han sido múltiples y también los remedios para obtener la curación del enfermo. Salomón decía que la mejor medicina es un ánimo gozoso, Séneca que una parte de la curación consiste en ser curado y Voltaire afirmaba que los médicos meten drogas que no conocen en un cuerpo que conocen todavía menos.
Sin embargo, el mundo de las enfermedades es un enigma. ¿Tenemos los médicos “nuestras enfermedades favoritas”, como decía Henry Fielding?. No se sabe. A pesar de listas interminables de etiologías la mayoría de las enfermedades no tienen causa conocida. “Es un arte conjetural, que casi carece de reglas” (Celso). En palabras de Huxley, “la investigación de las enfermedades ha avanzado tanto que cada vez es más difícil encontrar alguien que esté completamente sano”. Moliere era más pesimista: “casi todos los hombres mueren de sus remedios, no de sus enfermedades”.
Está claro el papel del médico cuando la salud falla, sin embargo su figura ha cambiado a lo largo de la historia. Hace unos siglos la medicina era considerada un arte y la mayoría de los galenos eran a la vez doctores, pintores, escultores, escritores o arquitectos (“el médico que a la vez no es un filósofo, no es ni siquiera médico”, José de Letamendi). Cada vez la medicina es más especializada y despersonalizada, lejana al modelo humanista de Hipócrates y Leonardo, propiciada por aquellos que buscan el error médico (“Médicos. Hombres de suerte. Sus éxitos brillan al sol… y sus errores los cubre la tierra”, Michel E. de Montaigne). La medicina es cada vez más defensiva y alejada del paciente, de sus emociones y preocupaciones (“si podeis curar, curad; si no podéis curar, calmad; y si no podéis calmar, consolad”, Augusto Morrei).
La influencia de las nuevas tecnologías y el mundo de la información han permitido acercar los conocimientos científicos a nuestros pacientes que en la mayoría de casos carecen de la formación suficiente para interpretarlos (“cuando estamos sanos, todos tenemos buenos consejos para los enfermos”, Terencio).
El culto al cuerpo está a la orden del dia y puede desencadenar obsesiones y enfermedades psicosomáticas. Debemos hacer caso a Quevedo cuando decía “la posesión de la salud es como la de la hacienda, que se goza gastándola, y si no se gasta, no se goza”; o sea: viva la pepa!. Sin embargo, si se vive con poco respeto al cuerpo nos puede venir una minuta tan elevada como dolorosa (“las enfermedades son los intereses que se pagan por los placeres”, John Ray).
Entre este aglomerado de sentencias y reflexiones, queda un sitio para la ironía. Llegada la edad provecta, ¿cuál es el amigo cuya muerte repercute más dolorosamente en nuestro corazón…? “El caido de la misma enfermedad que nos aqueja” (Santiago Ramón y Cajal) o “¿cuál es es único dolor soportable…? El ajeno” (anónimo).
La cirugía ortopédica no se escapa a los dilemas presentados. La medicina defensiva, el desarrollo desmesurado de nuevos implantes, la cultura de la prisa o la invasión de nuevas técnicas por intereses comerciales, pueden variar nuestras pautas de actuación aprendidas. Por todo ello, al igual que tenemos en cuenta los principios del juramento hipocrático, no debemos olvidar el objetivo principal de nuestra especialidad, que fue bien definido por A. Graham Apley: “el arte y la destreza en Cirugía Ortopédica no están dirigidos a elaborar una determinada colocación de las partes afectas, sino a restaurar la función de manera global”.
No obstante, no perdamos el rumbo ni nos volvamos locos. La sabiduría reside en la cultura popular, esa que dice "hombre refranero, hombre puñetero...". Pues eso.



viernes, 11 de junio de 2010

El tamaño importa


Decía Molière que "las cosas no valen sino aquello que se las hace valer" y con respecto a su medida, las cosas miden lo que se les hace medir. Esto es: lo justo; ni más ni menos. 
En el caso que se presenta, se trata de un paciente con fractura de tobillo suprasindesmal del peroné tratada con una placa y tornillos de 3.5 mm. Hasta ahí, todo en orden.
Llama la atención la colocación de  una placa DCP en la cara anterior del peroné (seguramente no habría otra posibilidad en ese momento). Lo que no tiene justificación es la longitud excesiva de los tornillos que llegan a superar casi el diámetro del hueso. El tamaño importa, pero las cosas deben medir lo que deben medir... ¿o no?

domingo, 6 de junio de 2010

El transindesmal


Con respecto al tratamiento de las fracturas suprasindesmales de tobillo existe una gran controversia respecto a los tornillos transindesmales: poner 1 ó 2 tornillos, atravesar la sindésmosis o ponerlo por encima, 3 ó 4 corticales, biodegradables o metálicos, de cortical o esponjosa, cuándo quitarlos, cuándo iniciar el apoyo o si debemos suturar o no la sindésmosis.
Todo esto no está claro y seguro que encontrareis el mismo dilema en vuestro servicio. Eso sí, algo que no se puede discutir, que es impepinable, es no olvidar el objetivo del tratamiento: cerrar la sindésmosis. Es sencillo: abrir o cerrar, meter o sacar, hacerlo bien o mal... Para esto, sólo hay una opción: el sentido común.

sábado, 5 de junio de 2010

Las tres frases


Estas son las tres frases que hay que tener presente durante una guardia por todos aquellos que inician la preciosa aventura de la formación especializada de trauma:

“Que yo te pago…”. Célebre frase que suelen espetar los pacientes tras 5 horas en la sala de espera o cuando no les damos (o decimos) aquello por lo que realmente han venido y que lo han visto previamente en Internet. Originaria de tiempos pasados en los que había más médicos que pacientes y se cobraba en una moneda muy antigua (pesetas). Lo que no sabía el susodicho es que con lo que él paga, para lo único que llega es para darle la mano y gracias. Si se pone la cosa fea, le damos sus 10 céntimos y que le vean en su hospital (que encima, no es de área).

“Si, pero me lo firmas…”. Escueta y contundente frase que suele oírse al otro lado del teléfono (donde suele encontrarse una enfermera de planta que nos ha avisado previamente por un paciente con dolor de colodrillo incompatible con la vida de 5 dias de duración), cuando previamente habíamos dicho eso de “por favor… , ¿le puedes poner un nolotil?” . Eso sí, con el agravante de estar con 2 pacientes a la vez en la consulta, tres en los boxes,  cinco llamadas pendientes del “busca”, la auxiliar en el café y un estudiante de medicina por los suelos tras haberle dado un síncope vasovagal al ver cómo se reduce un hombro.

“De lo mio no es”. Lapidaria y contundente. Esta frase la oirás de boca de alguno de tus “compañeros” de especialidades médicas, quirúrgicas o miscelanea-batiburrillo (médico-quirúrgicas), con el objetivo de escapar de ese paciente de 90 años que han dejado en la puerta de medicina (y posterior fuga de los familiares…) y que presenta tensión estratosférica, bronquiectasias masivas, aspecto garrapiñado (por la hiper-extra-diabetes incontrolada) y duerme con 5 almohadas con 2 botellas de oxígeno. Eso sí, tiene un juanete en el pie izquierdo.

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